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ISSN 1989-4163

NUMERO 23 - MAYO 2011

Sueño

Paco Piquer

                Sueño. Estoy soñando. Soy el amante de un famoso escritor norteamericano. No. No voy a dar nombres. Revelar identidades en los sueños puede resultar peligroso. Que sueño tan extraño. Me dicen que la niña ha crecido. Yo no lo creo. Me enseñan una fotografía ampliada recortada sobre un cartón. A tamaño natural. Del tamaño que es ahora. ¡Cómo ha cambiado! Admito. Cuando voy a acariciarle el pelo, se desvanece. Hace calor. Estoy sudando. El perro se ha acurrucado junto a mí y me da aún más calor. Despierto empapado. Y solo. Por un instante recuerdo el sueño. Un escritor norteamericano. ¡Qué ocurrencia! Anoche me dormí leyendo unos cuentos de Truman Capote. Debe de ser eso. Una niña albina, de extraños ojos y raros vestidos protagonizaba uno de los relatos. Pero no había ningún perro. Un canario, eso es. Había un canario de nombre demasiado largo: “Mister no sé que…” y por la noche le tapaban con una especie de caperuza, por el frío y para que no cantase. La dueña tenía el sueño muy frágil. Pues la niña albina de extraños ropajes y ojos inquietantes conseguía que el bicho, “Mister no sé que…”, cantase con la capucha puesta. Son las cinco de la madrugada. Voy a darme una ducha e intentaré dormir un par de horas más. No puedo olvidarme del sueño. El agua corre por mi rostro y no consigo olvidarme del sueño. Alguien me dijo que los anotaba. ¿Para  qué? No sé. Quizá escribiese un libro. Un recopilatorio de sueños inacabados. Porque los sueños no acaban nunca. Te despiertas y se interrumpen, pero no acaban las historias que estás soñando. Me pongo una bata. Voy a mi escritorio y enciendo un cigarrillo. Conecto el ordenador. Miro con cariño la foto de la niña que uso como fondo de escritorio. Debe de haber crecido. La echo de menos. Ahora que recuerdo, también ella aparecía en mi sueño. Una foto recortada pegada en un cartón. Vamos, vamos, no te pongas sentimental. Bien, a lo que íbamos. Clico sobre el icono de Word. Página en blanco: “SUEÑOS”, escribo. Pienso un poco. Intento recordar   exactamente el que he tenido hace unos momentos: “Soy el amante de un famoso escritor norteamericano. No. No voy a dar nombres. Revelar identidades en los sueños puede resultar peligroso. Me dicen que la niña ha crecido. Yo no lo creo. Me enseñan una fotografía ampliada recortada sobre un cartón. A tamaño natural. Del tamaño que es ahora. ¡Cómo ha cambiado! Admito. Cuando voy a acariciarle el pelo, se desvanece. Pienso. No recuerdo nada más. Tengo sed. Apago el cigarrillo y voy a la cocina. Bebo un vaso de agua. El canario, debajo de la caperuza con que lo cubro todas las noches, se agita. Intuye mi presencia. Le silbo. No responde. Apago la luz. Me siento de nuevo frente al ordenador. Ese estúpido reloj que da vueltas en la pantalla ha sustituido a la fotografía de la niña que uso como fondo de escritorio. Apenas rozo el ratón, el reloj desaparece. Sí que son extraños sus ojos. ¿Violeta?  No. Es  un color distinto, sin nombre. Sólo una niña albina podría tener unos ojos tan amenazadores. Siento un escalofrío. Apago el ordenador. La lámpara de sobremesa de mi escritorio. A oscuras, regreso al dormitorio. Cuando paso por delante de la puerta de la cocina, el canario canta.

 

Sueño

 

 

 

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